Otra vez volvió a pasarme lo mismo. Una canción de no sé dónde, me trajo su figura que de todos modos no se había ido nunca. Es decir que no hicieron falta sacrificios ni cosas raras. Bastó un compás del estribillo para tener la excusa perfecta y volver a tenerla conmigo.
Esta vez se presentó con los mismos ojos interrogantes de siempre, pero con una sonrisa que la diferenciaba del resto de sus presentaciones. Su pelo estaba un poco más claro y también sus pensamientos.
--¿Dónde estabas? Me preguntó moviendo apenas sus labios rojos.
No supe qué contestarle, porque yo siempre estuve con ella y tal vez fue ella la que no estuvo aquí.
--¿Dónde estabas? le contesté preguntando...
--Siempre que quisiste estuve aquí, me dijo estirando su brazo izquierdo y alcanzando con sus dedos mi mejilla un poco más fría que de costumbre. Y no era la primera vez que me lo decía.
--Mirá González (siempre me llamaba por mi apellido) deberías entender que ni las distancias, ni las lluvias, ni los sentimientos gastados, podrán hacerme olvidar de las palabras que se dijeron acá nomás, en aquellas mañanas de sol y con nuestros corazones explotando de pasión. Sabrás, que si hubo tiempo perdido, también puede haber tiempo para ganar. Y que no siempre es la música la que trae los recuerdos.
Aproveché la pausa de sus contínuas metáforas para abrir la ventana y asomarme a la nada.
Afuera, dos perros se peleaban por un pedazo de una pelota de plástico azul y verde que todavía guaradaba un poquito de alegría.
-¨-Parecemos nosotros, le dije, sin darme vuelta. Nunca me contestó...
--¿Por qué te fuiste? preguntó, mientras acomodaba unas flores que se morían dentro del macetero que colgaba de la ventana...
--Dejalas -le dije- las flores tienen un tiempo de fulgor y felicidad que le da la naturaleza. Es al puro gusto intentar darle más vida, porque tienen el tiempo exacto para el que fueron creadas...después hay que reemplazarlas por otras más frescas...
--¿Por eso te fuiste? preguntó sin dejarme terminar de hablar...
Una nube negra, traída por un viento furioso, ahuyentó a los perros y a mis respuestas. me dí vuelta y ya no estaba en la habitación. Solamente resabios de aquel perfume eterno y cuyo nombre nunca me quiso decir...
--Es que yo nunca te dejé -le dije a su ausencia- fueron mis tiempos y mis desesperaciones los que te apartaron involuntariamente del lado de los sueños. o te olvidás acaso que formabas parte de todos mis proyectos y mis fantasías. Es más, para vos fueron siempre mis soledades. Deberías entender Venecia que nunca estuvimos tan juntos como en estos últimos tiempos, porque no es estar todo el día amándose lo que hace fuerte a una pareja, sino la necesidad del encuentro tras la despedida.
--No esperemos que suene una canción para darnos cuenta que nos necesitamos, dijo desde algún lugar de la noche...
Ya no llovía y los perros seguían con su juego, sin importarles el barro en sus hocicos...
Soberbia melancolia..
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