La ceremonia consistía en apagar todas las luces y asomarse a la ventana a espiar a la noche. Tratar de descubrir consecuencias y similitudes y elaborar teorías para llevar a la cama. La tarea no era nada sencilla, porque junto con la mirada perdida en busca de sueños, se iban también las vivencias de un día que había pasado dejando marcas y extrañeces-
Con una simple mirada hacia el exterior, podía verse que incógnitas, vicisitudes y estrellas fugaces formaban rondas junto a ciertos gatos escapados de algún poema de un amigo que ya no está visible, al menos para los ojos. A ciencia cierta, había un mundo atrás de esa cortina estampada de paisajes. Y cada cita era una prolongación paradójica de frustraciones y porvenires que iban y venían a una velocidad que ni el tiempo ni el destino eran capaces de controlar.
El viento, que se empecinaba en ser más fuerte que la vida, deshacía castillos y levantaba incertidumbres, mientras que las estrellas se despreocupaban del asunto y se dedicaban a iluminar a los enamorados de la costa del mar, dicha privilegiada y fugaz...
Era el momento de la lucha entre los sentimientos y el horizonte y nadie hacía lo contrario para que no fuera asi. Ni la sensibilidad, que siempre actuaba de mediadora, podía controlar los vaivenes que fluían con cada minuto de observación. Decía el poeta que quien mira a través de una ventana, busca a su otro yo del otro lado para que le diga cómo es su realidad. Y que es en el intercambio de opiniones cuando se llega a la justificación del hecho.
Verdad o mentira, lo cierto es que quizá por eso ese rito tenía tanta relevancia y se hacía imprescindible cada noche. En la disyuntiva, faltaba el rival de la palabra "soledad" y encontrarla atrás del vidrio herido era la cuestión.
La magnificencia de aquel encuentro pleno de interrogantes, quiso que sentara un precedente en cuanto a lo que se esperaba de la situación. Una nevazón tan copiosa como inesperada, hizo que se allanaran los caminos al porqué de esa búsqueda permanente. La razón era más sencilla de lo esperado y tenía que ver con el final de un idilio de promesas y -al fin- vacío de presente.
Ahora ¿Estaba la solución ahi? ¿Qué podía darle esa ventana a alguien que sentía la frustración encarnada hasta el alma? ¿Qué nuevas ilusiones podrían aparecer y reavivar el estado de abandono de los estímulos?
En aquel festejo de cumpleaños, la mayoría coincidía en que ya habían pasado por esa situación y lo que para uno había sido una ventana sucia por fuera, para otros había sido un espejo o aquel camino de luces blancas que conducía al corazón, casi siempre vacío de regresos. Es más, estaba hasta el que decía que a pesar de que el tiempo había borrado hasta las huellas de sus pies, sentía cada medianoche como llegaba hasta él el aroma de un perfume que había dejado a casi cuatro mil kilómetros de nostalgia...
Decían los más resignados, que la mejor forma de sobrellevar las distancias y los lugares comunes, era tener una esperanza cada día. Confabularse con los sentidos y dejarse invadir por las utopías. Y que más allá de los resultados, tener la constancia de volver a esperanzarse hasta que deje de ser necesario para el corazón.
sábado, 11 de febrero de 2012
domingo, 5 de febrero de 2012
ESPERA CELESTIAL
El hombre de barba espesa y aspecto de laburante de obra, mira al cielo cerrado e infinito, en busca de la luz delatora que le trae a su familia desde algún lugar de un norte que él dejó atrás hace unos años nomás.
Fuma deconsoladamente y sonríe más por nervios que por otra cosa. Dicen por los confusos parlantes que el avión ya está sobrevolando la zona, pero él no lo ve y se pone aún más nervioso.
--¿Usted lo ve? le pregunta al pibe de al lado que está más preocupado en mirar a la moza de la confitería que en otra cosa.
--¿Qué cosa? le contesta el otro sin mirarlo...
--El avión hombre, el avión...¿Lo ve? insiste...
--Ah, no...pero seguro que ya viene, le dice con la vista clavada en la morochita que lleva la bandeja de aluminio a mil por hora para aprovechar los pocos minutos que quedan antes del desierto que vendrá hasta dentro de unas veinticuatro horas.
Claro, son dieferentes realidades...
Es la primera vez que Antonio se llega hasta el aeropuerto después de aquella vez que aconsejado por un amigo tan chaqueño como él, decidió viajar a una de las ciudades de nuestra provincia más austral. Recuerda como si fuera ayer, que un viento helado de quién sabe cuántos kilómetros por hora, le dio la bienvenida y le hizo entender cómo serían las cosas de ahi en más. Cree que en realidad, han pasado más días que alegrías, pero lo consuela el hecho de saber que nada hubiera sido posible sin aquel primer paso.
A diferencia de aquella oportunidad, que hicieron falta bosillos prestados para pagar el pasaje al fin del mundo, ahora sentía el orgullo de haber metido la mano en el propio, para darse el gusto de saborear a los suyos. De mirarlos a los ojos sin vergüenza y de poder asegurarles un futuro que antes ni soñaban.
Dentro del avión nada era distinto. La expectativa del encuentro soñado con la persona soñada, crecía a medida que las nubes quedaban atrás. Eran cuatro almas en busca de quien los había dejado con promesas de una revancha que se merecían y con algunas goteras en el techo de chapa que aún permanecían como una marca de la vida.
Por carta certificada, los viajeros se habían enterado de las novedades que les esperaban y soñaban con eso. La letra desprolija les hablaba de confort, de comida, de habitaciones calientes y de heladera con mercadería para unos cuantos días. También les decía que la distancia une y que los sentimientos crecen y que es recién ahí cuando uno se da cuenta del valor de los construido por partes iguales.
Ahora sí, las luces se hacen cada vez más grandes y los cigarrilos más cortos. Los hombres fluorecentes invaden la pista y algunas lágrimas los ojos de los que esperan. Las escaleras acercan a la tierra y alejan lo que queda de miedo. Las despedidas de cortesía, se convierten automáticamente en bienvenidas gloriosas.
El hombre levanta los brazos y sonríe desafinado, mientras su familia llora de frío y de emoción. En la ceremonia de los bolsos se abrazarán y se contarán diez o quince anécdotas del viaje y de la espera y al final, correrán juntos al auto usado, pero de ellos...
Es más, ni se darán cuenta que el chico y la morochita se están yendo juntos en busca del calor pasajero...
Fuma deconsoladamente y sonríe más por nervios que por otra cosa. Dicen por los confusos parlantes que el avión ya está sobrevolando la zona, pero él no lo ve y se pone aún más nervioso.
--¿Usted lo ve? le pregunta al pibe de al lado que está más preocupado en mirar a la moza de la confitería que en otra cosa.
--¿Qué cosa? le contesta el otro sin mirarlo...
--El avión hombre, el avión...¿Lo ve? insiste...
--Ah, no...pero seguro que ya viene, le dice con la vista clavada en la morochita que lleva la bandeja de aluminio a mil por hora para aprovechar los pocos minutos que quedan antes del desierto que vendrá hasta dentro de unas veinticuatro horas.
Claro, son dieferentes realidades...
Es la primera vez que Antonio se llega hasta el aeropuerto después de aquella vez que aconsejado por un amigo tan chaqueño como él, decidió viajar a una de las ciudades de nuestra provincia más austral. Recuerda como si fuera ayer, que un viento helado de quién sabe cuántos kilómetros por hora, le dio la bienvenida y le hizo entender cómo serían las cosas de ahi en más. Cree que en realidad, han pasado más días que alegrías, pero lo consuela el hecho de saber que nada hubiera sido posible sin aquel primer paso.
A diferencia de aquella oportunidad, que hicieron falta bosillos prestados para pagar el pasaje al fin del mundo, ahora sentía el orgullo de haber metido la mano en el propio, para darse el gusto de saborear a los suyos. De mirarlos a los ojos sin vergüenza y de poder asegurarles un futuro que antes ni soñaban.
Dentro del avión nada era distinto. La expectativa del encuentro soñado con la persona soñada, crecía a medida que las nubes quedaban atrás. Eran cuatro almas en busca de quien los había dejado con promesas de una revancha que se merecían y con algunas goteras en el techo de chapa que aún permanecían como una marca de la vida.
Por carta certificada, los viajeros se habían enterado de las novedades que les esperaban y soñaban con eso. La letra desprolija les hablaba de confort, de comida, de habitaciones calientes y de heladera con mercadería para unos cuantos días. También les decía que la distancia une y que los sentimientos crecen y que es recién ahí cuando uno se da cuenta del valor de los construido por partes iguales.
Ahora sí, las luces se hacen cada vez más grandes y los cigarrilos más cortos. Los hombres fluorecentes invaden la pista y algunas lágrimas los ojos de los que esperan. Las escaleras acercan a la tierra y alejan lo que queda de miedo. Las despedidas de cortesía, se convierten automáticamente en bienvenidas gloriosas.
El hombre levanta los brazos y sonríe desafinado, mientras su familia llora de frío y de emoción. En la ceremonia de los bolsos se abrazarán y se contarán diez o quince anécdotas del viaje y de la espera y al final, correrán juntos al auto usado, pero de ellos...
Es más, ni se darán cuenta que el chico y la morochita se están yendo juntos en busca del calor pasajero...
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