domingo, 5 de febrero de 2012

ESPERA CELESTIAL

El hombre de barba espesa y aspecto de laburante de obra, mira al cielo cerrado e infinito, en busca de la luz delatora que le trae a su familia desde algún lugar de un norte que él dejó atrás hace unos años nomás.
Fuma deconsoladamente y sonríe más por nervios que por otra cosa. Dicen por los confusos parlantes que el avión ya está sobrevolando la zona, pero él no lo ve y se pone aún más nervioso.
--¿Usted lo ve? le pregunta al pibe de al lado que está más preocupado en mirar a la moza de la confitería que en otra cosa.
--¿Qué cosa? le contesta el otro sin mirarlo...
--El avión hombre, el avión...¿Lo ve? insiste...
--Ah, no...pero seguro que ya viene, le dice con la vista clavada en la morochita que lleva la bandeja de aluminio a mil por hora para aprovechar los pocos minutos que quedan antes del desierto que vendrá hasta dentro de unas veinticuatro horas.
Claro, son dieferentes realidades...
Es la primera vez que Antonio se llega hasta el aeropuerto después de aquella vez que aconsejado por un amigo tan chaqueño como él, decidió viajar a una de las ciudades de nuestra provincia más austral. Recuerda como si fuera ayer, que un viento helado de quién sabe cuántos kilómetros por hora, le dio la bienvenida y le hizo entender cómo serían las cosas de ahi en más. Cree que en realidad, han pasado más días que alegrías, pero lo consuela el hecho de saber que nada hubiera sido posible sin aquel primer paso.
A diferencia de aquella oportunidad, que hicieron falta bosillos prestados para pagar el pasaje al fin del mundo, ahora sentía el orgullo de haber metido la mano en el propio, para darse el gusto de saborear a los suyos. De mirarlos a los ojos sin vergüenza y de poder asegurarles un futuro que antes ni soñaban.
Dentro del avión nada era distinto. La expectativa del encuentro soñado con la persona soñada, crecía a medida que las nubes quedaban atrás. Eran cuatro almas en busca de quien  los había dejado con promesas de una revancha que se merecían y con algunas goteras en el techo de chapa que aún permanecían como una marca de la vida.
Por carta certificada, los viajeros se habían enterado de las novedades que les esperaban y soñaban con eso. La letra desprolija les hablaba de confort, de comida, de habitaciones calientes y de heladera con mercadería para unos cuantos días. También les decía que la distancia une y que los sentimientos crecen y que es recién ahí cuando uno se da cuenta del valor de los construido por partes iguales.
Ahora sí, las luces se hacen cada vez más grandes y los cigarrilos más cortos. Los hombres fluorecentes invaden la pista y algunas lágrimas los ojos de los que esperan. Las escaleras acercan a la tierra y alejan lo que queda de miedo. Las despedidas de cortesía, se convierten automáticamente en bienvenidas gloriosas.
El hombre levanta los brazos y sonríe desafinado, mientras su familia llora de frío y de emoción. En la ceremonia de los bolsos se abrazarán y se contarán diez o quince anécdotas del viaje y de la espera y al final, correrán juntos al auto usado, pero de ellos...
Es más, ni se darán cuenta que el chico y la morochita se están yendo juntos en busca del calor pasajero...

1 comentario:

  1. Qué emotivo relato. Algo así me pasó al llegar a Bilbao, sentí k la emoción me superaba.
    Lo recuerdo y me siento tan vacía...

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