sábado, 27 de abril de 2013





NOCHE DE BODAS

 

 

 

Nadie lo hubiera imaginado, pero ella estaba ahí.

Nadie, tampoco,  podría asegurar que era una más entre los privilegiados invitados a la fiesta.  Ni siquiera que haya sido la primera o la última del listado. Lo de ella pasaba por otro lado. Como si en realidad hubiera sido imaginada para ocupar ese lugar en ese momento de la historia.

Sencilla, fugaz y con un millón de historias que nadie tenía por qué saber,  se dejó ver y marcó esas diferencias que solamente tienen esas personas especialmente elegidas. Por lo menos para mis ojos…

En el medio del salón, ajena y despreocupada de las miradas, caminó su figura y se mostró tal cual. Lucía hermosa, sencilla, con el pelo con producción casera cayéndole apenas sobre los hombros y

con un aire por demás interesante e infinitamente seductor.

Imposible no verla, imposible no sentirse atraído, por más que el centro de la noche pasara por otro lado. Rebalsan entonces las preguntas urgentes ¿De dónde saco un par de flores amarillas o algo con qué mostrarle mi presencia absorta? ¿Encontraré en el campo frío del exterior una vaquita de San Antonio para que me transfiera la suerte que necesito? ¿Cómo hago para que mis miradas cómplices encuentren el destino y no se pierdan en la oscuridad?

El torbellino de la noche mezcla las coincidencias. Un mago distrae y le parece que nos divierte; la comida se hace protagonista y nos separa a un millón de metros. Estamos aislados, inalcanzables, mudos,  y lucho por  mirarla, aunque sea con el pensamiento. ¿Cuánto falta para estar de nuevo al lado de ella y jugar a espiarla, a tocarla sin querer y a robarle esa respuesta que solamente sus ojos me pueden dar?

Evidentemente, no había otra alternativa  que esperar. Vivir de sueños hasta que su mirada triste apareciera del otro lado y saber recién ahí, si se sumaba o no a mi locura. Nada difícil para alguien a quien le fascinaba  vivir de esa manera.

Pero bueno, qué es la vida sino un puñado de sueños, la mayoría de ellos irrealizables e inalcanzables. Y por eso uno puede y debe tomarse las licencias que su misma capacidad le da, para hacer los esfuerzos o al menos intentar llevarlos a cabo. Nadie va a venir a golpearnos a la puerta para regalarnos un sueño. Los sueños se ganan, se transpiran, se lloran y luego si, se disfrutan, aunque no tanto, porque siempre va a ver otro sueño que con sus primeros pasos hará todo lo posible por relativizar  al anterior.

Y el sueño de hoy todavía no tenía nombre, ni edad, sólo esperanza…

Siempre creí en los momentos exactos de la vida. En esos detalles impensados y paradójicos que ni siquiera la mente de la persona más optimista pueda esperar. Y también creí siempre en que los momentos sublimes que nos tienen preparados, aparecen cuando menos los esperamos; cuando

los sentimientos se despiertan de la siesta, o cuando la música llega para quedarse…