Los dos pibes,
de o más de seis o siete años, piden en cada una de las mesas de ese lugar semi
vacío, mientras que de reojo cuidan para que no los echen. ¿Tiene unas monedas?
Le preguntan al hombre que no los ve ni los escucha. ¿No me compra un sánguche?
Le dicen a la nada y corren al verse descubiertos por quienes cuidan de la
estética del local, aunque del mostrador para acá.
Por uno de los
grandes ventanales que dan a la calle, puede verse a la gente que camina
apurada para llegar quién sabe adónde. De las manos de casi todos cuelgan
bolsas con regalos y falsedades. El árbol conciliador mezclará –como todos los
años- amor con hipocresía en dosis exactamente iguales. El brindis apurado y
repetido y el exceso de comida, se encargará de mezclar la realidad con la
fantasía.
El sol ya no
golpea. La silla vacía, sigue esperando a la otra mitad de la historia. Un
libro prestado por ella, servirá de aliciente, pero irremediablemente traerá
uno y mil recuerdos a su cabeza ya de por si atormentada: aquellos encuentros
solitarios en medio de la muchedumbre; esos café con facturas dulces y baratas;
las complicidades que nadie y todos sospechaban y que ellos vivían; esas
charlas de siempre empezar y nunca acabar, las despedidas que llevaban a la nostalgia;
la desesperada espera hasta el otro día en el que otra vez los ojos de ambos
volverían a explotar y a emocionarse en el encuentro tan esperado como casual.
Un nuevo café
llega a la mesa y no hace preguntas. La mirada fija en la puerta de entrada reclama
la presencia ausente. Seguramente –en tanto- pensará que nadie nunca puede
sentirse tan dueño de la realidad como aquel que la inventó a su manera. Nada
–entonces- puede ser tan perfecto y tan real. Sin embargo, notará también que
el agua no siempre se detiene en las manos y que la perfección no existe cuando
de amor se trata.
El pequeño
ramo de fresias busca manos dónde reposar y narices para ser valoradas, pero
ella se demora, se atrasa, se dilata, se hace eterna, se hace desear más y más.
El inclaudicable
y persistente reloj, sigue su marcha inexorable. Dos o tres lágrimas enfrían el café, pero le dan el gusto de la
situación. La espera no tendrá fin. En su juramento, había quedado bien claro
que la esperaría hasta el final y que nada lo haría cambiar.
--“Señor,
felicidades, es Nochebuena” le dirá el señor que cuida de los chicos. “¿Va a
seguir esperándola?”
--“Si señor,
siempre” dirá…
Con las
campanas y los ruidos del exterior, abrirá el libro de ella en una página al
azar y leerá lo que el destino quiera: “Mi amor camina equivocado/tiene metas
inalcanzables/veo sin embargo un horizonte verde/y ángeles premiando mi
constancia”
Cerrará el
libro, pensará que ya nada será igual…y seguirá esperando…
Me encanto!!!!....... Amor e hipocresia en dosis exactamente iguales "revolcados" con la triste espera.....
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