miércoles, 17 de octubre de 2012

YA NADA SERA IGUAL



 

 

 

Los dos pibes, de o más de seis o siete años, piden en cada una de las mesas de ese lugar semi vacío, mientras que de reojo cuidan para que no los echen. ¿Tiene unas monedas? Le preguntan al hombre que no los ve ni los escucha. ¿No me compra un sánguche? Le dicen a la nada y corren al verse descubiertos por quienes cuidan de la estética del local, aunque del mostrador para acá.

Por uno de los grandes ventanales que dan a la calle, puede verse a la gente que camina apurada para llegar quién sabe adónde. De las manos de casi todos cuelgan bolsas con regalos y falsedades. El árbol conciliador mezclará –como todos los años- amor con hipocresía en dosis exactamente iguales. El brindis apurado y repetido y el exceso de comida, se encargará de mezclar la realidad con la fantasía.

El sol ya no golpea. La silla vacía, sigue esperando a la otra mitad de la historia. Un libro prestado por ella, servirá de aliciente, pero irremediablemente traerá uno y mil recuerdos a su cabeza ya de por si atormentada: aquellos encuentros solitarios en medio de la muchedumbre; esos café con facturas dulces y baratas; las complicidades que nadie y todos sospechaban y que ellos vivían; esas charlas de siempre empezar y nunca acabar, las despedidas que llevaban a la nostalgia; la desesperada espera hasta el otro día en el que otra vez los ojos de ambos volverían a explotar y a emocionarse en el encuentro tan esperado como casual.

Un nuevo café llega a la mesa y no hace preguntas. La mirada fija en la puerta de entrada reclama la presencia ausente. Seguramente –en tanto- pensará que nadie nunca puede sentirse tan dueño de la realidad como aquel que la inventó a su manera. Nada –entonces- puede ser tan perfecto y tan real. Sin embargo, notará también que el agua no siempre se detiene en las manos y que la perfección no existe cuando de amor se trata.

El pequeño ramo de fresias busca manos dónde reposar y narices para ser valoradas, pero ella se demora, se atrasa, se dilata, se hace eterna, se hace desear más y más.

El inclaudicable y persistente reloj, sigue su marcha inexorable. Dos o tres lágrimas  enfrían el café, pero le dan el gusto de la situación. La espera no tendrá fin. En su juramento, había quedado bien claro que la esperaría hasta el final y que nada lo haría cambiar.

--“Señor, felicidades, es Nochebuena” le dirá el señor que cuida de los chicos. “¿Va a seguir esperándola?”

--“Si señor, siempre” dirá…

Con las campanas y los ruidos del exterior, abrirá el libro de ella en una página al azar y leerá lo que el destino quiera: “Mi amor camina equivocado/tiene metas inalcanzables/veo sin embargo un horizonte verde/y ángeles premiando mi constancia”

Cerrará el libro, pensará que ya nada será igual…y seguirá esperando…

1 comentario:

  1. Me encanto!!!!....... Amor e hipocresia en dosis exactamente iguales "revolcados" con la triste espera.....

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